Anoche, en el vestíbulo de Drury Lane, me topé con Sir John Middleton, y cuando vio quién era (por primera vez en estos dos meses) me dirigió la palabra. Que hubiera cortado conmigo desde mi matrimonio, no me causaba sorpresa ni resentimiento. Ahora, sin embargo, con su alma buena, honesta y tonta, llena de indignación contra mí, y la preocupación por su hermana, no pudo resistir la tentación de contarme lo que él creyó que debía, aunque probablemente no pensó que me afectaría de manera tan terrible. Tan francamente como pudo, entonces, me contó que Marianne Dashwood se estaba muriendo de una fiebre pútrida en Cleveland; una carta de Mrs. Jennings recibida esa mañana anunciaba que el peligro era inminente, el temor había alejado a los Palmer, etc. Yo estaba demasiado conmocionado para permitirme fingir insensibilidad, incluso ante el poco perspicaz Sir John. Su corazón se ablandó al ver mi sufrimiento; y gran parte de su inquina se había esfumado cuando nos despedimos, casi llegó a estrecharme la mano mientras me recordaba una vieja promesa sobre un cachorro pointer. Lo que sentí al escuchar que su hermana estaba muriendo, y muriendo creyéndome el mayor villano del mundo, despreciándome, odiándome en sus últimos momentos… porque, ¿cómo saber qué horrendos planes no me habrían imputado? Estaba seguro de que al menos una persona podía hacerme aparecer capaz de todo. ¡Lo que sentí fue terrible! Rápidamente tomé una decisión, y a las ocho de la mañana ya me encontraba en mi carruaje. Ahora ya lo sabe todo.

SENS Cap. XLIV

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V.O.

Last night, in Drury Lane lobby, I ran against Sir John Middleton, and when he saw who I was—for the first time these two months—he spoke to me.—That he had cut me ever since my marriage, I had seen without surprise or resentment. Now, however, his good-natured, honest, stupid soul, full of indignation against me, and concern for your sister, could not resist the temptation of telling me what he knew ought to—though probably he did not think it WOULD—vex me horridly. As bluntly as he could speak it, therefore, he told me that Marianne Dashwood was dying of a putrid fever at Cleveland—a letter that morning received from Mrs. Jennings declared her danger most imminent—the Palmers are all gone off in a fright, &c.—I was too much shocked to be able to pass myself off as insensible even to the undiscerning Sir John. His heart was softened in seeing mine suffer; and so much of his ill-will was done away, that when we parted, he almost shook me by the hand while he reminded me of an old promise about a pointer puppy. What I felt on hearing that your sister was dying—and dying too, believing me the greatest villain upon earth, scorning, hating me in her latest moments—for how could I tell what horrid projects might not have been imputed? ONE person I was sure would represent me as capable of anything— What I felt was dreadful!—My resolution was soon made, and at eight o'clock this morning I was in my carriage. Now you know all.